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Ciudad de México

Adidas y Someone Somewhere en la mira: polémica por las condiciones laborales de artesanas que bordaron jerseys mundialistas

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¿Artesanía o explotación? La polémica detrás de las camisetas del Mundial de México

La colaboración entre Adidas y la empresa mexicana Someone Somewhere para producir camisetas de la Selección Mexicana bordadas por artesanas nahuas de Naupan, Puebla, desató un intenso debate luego de que activistas denunciaran presuntas condiciones laborales injustas y explotación.

Las críticas señalaron que las trabajadoras recibían bajos salarios mientras las prendas se vendían a precios elevados. Sin embargo, al ser consultadas directamente, las artesanas rechazaron estas acusaciones y afirmaron que el proyecto les ofrece ingresos, horarios flexibles y mejores oportunidades laborales que otras disponibles en su comunidad.

Mientras activistas sostienen que las grandes marcas obtienen beneficios desproporcionados del trabajo artesanal indígena, las empresas defienden que la iniciativa genera empleo y visibilidad para las comunidades participantes.

La controversia ha reabierto la discusión sobre cómo valorar el trabajo artesanal, garantizar una remuneración justa y equilibrar las relaciones entre las grandes marcas y los pueblos originarios.

Someone Somewhere, una empresa mexicana de indumentaria, hizo una publicación en internet preguntándose por qué las camisetas de la selección mexicana para el Mundial no las bordaban algunas de las artesanas indígenas del país. Era una idea con el potencial de tender un puente entre el pasado y el presente de México, argumentaba la empresa, al tiempo que sacaría de la pobreza a algunas de las personas más vulnerables. Al día siguiente, Adidas llamó.

El mes pasado, dos años después de esa llamada, Adidas y Someone Somewhere presentaron versiones de la camiseta de la selección mexicana bordadas a mano por 150 mujeres nahuas en lo alto de las montañas del centro de México, en un pequeño pueblo llamado Naupan.

Adidas llevó a dos de las artesanas a Alemania para incorporar las camisetas al archivo de la empresa. Someone Somewhere llevó a otras de ellas a la cancha para uno de los últimos partidos amistosos de México antes del inicio del torneo esta semana. Y las camisetas, a pesar de costar más de 200 dólares, se vendieron rápidamente.

Entonces, activistas mexicanos afirmaron que la historia tenía un lado mucho más oscuro.

“Por fin conocemos todos los detalles turbios detrás de la colaboración de Adidas con las artesanas de Naupan”, dijo Luz Valdez, una activista e influente mexicana, en un video el mes pasado dirigido a sus 1,3 millones de seguidores en TikTok e Instagram.

Acusó a las empresas de explotar a las mujeres nahuas mientras lucraban con su imagen. Según Valdez, a las artesanas ni siquiera se les permitió utilizar su método tradicional de bordado, sino que tuvieron que aprender técnicas contemporáneas.

Un primer plano de un expositor de venta al por menor colocado en una pared de madera clara. Colgadas en el expositor hay prendas de una colección de edición especial: una camiseta negra de manga larga con delicados bordados, una camiseta de manga corta con motivos geométricos y un pantalón de chándal negro a juego, todo ello con el escudo de la Federación Mexicana de Fútbol y un ribete tricolor de Adidas.
Las camisetas bordadas por artesanos nahuas cuestan entre 90 y 285 dólares. El precio refleja la cantidad de bordado a mano.
Una mujer joven con un top blanco, pantalones cortos negros y botas altas negras pasa por delante de un moderno quiosco de venta al por menor independiente ubicado en una plaza comercial de lujo. El quiosco presenta un marco de metal oscuro y estanterías interiores de madera cálida bajo la marca “SOMEONE SOMEWHERE.”
Una tienda de Someone Somewhere en un barrio de lujo de Ciudad de México.

Una afirmación en particular caló hondo: a las mujeres se les pagaba 36 pesos, o 2,06 dólares, por hora a cambio de bordar camisetas que costaban hasta 285 dólares cada una, decía, citando fuentes anónimas. Eso supondría un 9 por ciento por debajo del salario mínimo de México. “Estoy enojada”, les decía a las empresas, “porque ustedes sabían perfectamente lo que estaban haciendo”.

Sus videos se hicieron virales en todo México, acumulando millones de visualizaciones. Los medios de comunicación cubrieron la noticia. Los políticos se pronunciaron. Y miles de personas dejaron comentarios indignados, algunos decían que las empresas eran aún más perversas de lo que habían pensado.

Pero las mujeres nahuas apenas se habían manifestado al respecto. Así que viajamos a la sierra para hablar con ellas en persona.

En el taller

Llegamos el 31 de mayo en medio de un gran revuelo en el centro cultural de Naupan. Grupos de mujeres nahuas subían una loma con sus atuendos tradicionales bordados, y un equipo de funcionarios del gobierno, vestidos de forma elegante, bajaba de un todoterreno.

A más de 1500 metros sobre el nivel del mar, este pueblo donde viven unas 2000 personas nahuas se había convertido de pronto en el centro de una controversia nacional, y Marina Núñez Bespalova, alta funcionaria de la Secretaría de Cultura del gobierno de izquierda de México, había organizado un viaje de última hora para responder.

Dirigiéndose a decenas de mujeres nahuas, Núñez Bespalova les ofreció formación gratuita del gobierno en textiles, así como un taller sobre cómo eliminar a los intermediarios y vender de manera directa a los consumidores.

“Empresas transnacionales que se enriquecen con el valor que ustedes le dan a las piezas más allá de lo que hacen”, dijo. “Ustedes mismas son un valor y ustedes de ese valor no ganan lo equivalente”.

Cuando terminó el evento, muchas de las mujeres se marcharon para volver a bordar camisetas del Mundial. Las seguimos.

Un pueblo rural en la ladera de una colina, enclavado entre densos árboles verdes y vegetación, bajo un cielo nublado. Una estrecha y serpenteante carretera asfaltada atraviesa el valle y pasa junto a unas modestas casas construidas en la ladera. En primer plano, una vaca parda solitaria está de pie en una ladera cubierta de hierba, y un tendedero cuelga cerca de una pequeña estructura de hormigón.
Casas y parcelas agrícolas en las onduladas colinas de Naupan, en el estado mexicano de Puebla.
Una brillante fachada de iglesia de estilo colonial pintada de blanco, amarillo mostaza y rojo oscuro. Varios lugareños —entre ellos mujeres vestidas con blusas bordadas tradicionales y un hombre con camisa blanca abotonada— salen de la oscura entrada arqueada a un patio de ladrillo rojizo.
Residentes saliendo de la misa dominical en el centro de Naupan. Casi todos los residentes son un pueblo indígena llamado nahua, y casi todos son también católicos.

A pesar de los innumerables artículos publicados en la prensa mexicana, la mujer nahua que nos abrió la puerta del taller de un solo ambiente nos dijo que éramos los primeros periodistas en visitarlo. Las artesanas, dijo, estaban ansiosas por compartir su versión de la historia.

Al interior, más de 25 mujeres estaban sentadas en siete mesas bordando las clásicas rayas de Adidas con los colores de la bandera mexicana en las camisetas. Hablaban en náhuatl, lengua indígena hablada por alrededor de 1,5 millones de personas en México.

Empecé a hacer preguntas y pasaron al español. Entonces, prácticamente todas contradijeron la versión que circulaba a nivel nacional.

“La verdad, es mucho mejor este trabajo que cualquier otro”, dijo Mónica Marín, de 45 años.

“Venimos las horas que queremos”, dijo Micaela Pérez, de 41 años. “Yo también soy madre viuda, tengo dos hijos. Y gracias a este trabajo, me ven”.

“Pues realmente nosotros ganamos lo justo”, dijo Anabel Guzmán, de 35 años. “Si vieras el día que yo entré aquí”, añadió. “Yo he salido adelante con mis hijos”.

La opinión en el lugar fue unánime: la remuneración era justa, el horario era flexible, la ubicación era conveniente y, por ahora, el trabajo era constante.

Una escena de taller en interiores que muestra a un grupo de mujeres sentadas en mesas blancas, cosiendo prendas negras. La pared del fondo está dominada por un gran mural artístico, ilustrado a todo color, que representa un paisaje montañoso mexicano, nubes y manos de gran tamaño que sostienen hilos y herramientas textiles, junto a las palabras “SOMEONE SOMEWHERE.”
El taller de Someone Somewhere, en Naupan. Las mujeres utilizan un lector de huellas dactilares para marcar su entrada y salida a fin de hacer un seguimiento de sus horas, pero dijeron que son libres de entrar y salir cuando lo deseen.
Una mesa blanca de taller donde varios artesanos cosen a mano camisetas negras de fútbol Adidas México. Las camisetas llevan el escudo oficial de la selección mexicana de fútbol junto con detalles bordados en verde, blanco y rojo. Hay herramientas de artesanía, como tijeras rosas, carretes de hilo y cinta métrica, esparcidas por el espacio de trabajo.
Las mujeres nahuas dijeron que tardan unas siete horas en bordar esta camiseta del Mundial. Los diseños cosidos pretenden representar los fuegos artificiales que se utilizan para celebrar en Naupan.

Su queja era que la chamba terminaría pronto con el Mundial. Para muchas, eso significaba volver a labrar campos de frijoles, chiles y cacahuates, lo que suponía más horas, menos sueldo y un trabajo más agotador.

“Si realmente todas esas personas que hacen esos comentarios se tomaran el tiempo de venir a platicar con nosotras pues se darían cuenta de que no estamos siendo explotadas”, dijo Betty Alonso, de 28 años.

Las mujeres dijeron que ahora temían que la atención negativa ahuyentara a posibles empleadores.

“Siento un coraje enorme hacia todos los influencers”, dijo Edith Carballo, de 38 años, que se unió al proyecto tras ser despedida de una farmacia. “En sus mentes ellas están ayudándonos supuestamente, pero desafortunadamente se están ayudando ellas”.

Las cifras

Valdez, de 28 años, se ha convertido en una de las activistas más visibles de México por los videos en los que critica a las empresas que dice que explotan a los artesanos mexicanos y su cultura.

Uno de sus videos virales del año pasado acusaba a Adidas de plagiar el huarache, un tipo de calzado mexicano de origen precolombino. La empresa se disculpó posteriormente.

Durante las últimas semanas, Valdez ha estado destrozando a Adidas y a Someone Somewhere. En una serie de videos, afirmó que las mujeres de Naupan recibían un salario mísero, que se les descontaba su paga por cometer errores, que no se les brindaba prestaciones adecuadas y se les obligaba a terminar dos camisetas cada cinco horas. También señaló que las mujeres carecían de “sillas ergonómicas”, “solamente tenían una hora de comida” y “a veces ni siquiera había papel en el baño”.

Dijo que su información procedía de artesanas anónimas y de antiguos empleados de Someone Somewhere que le enviaron mensajes.

Adidas dijo en un comunicado que ha colaborado con Someone Somewhere “para mejorar las condiciones laborales de las artesanas participantes” en “cumplimiento de nuestras normas globales”.

Un grupo de personas está de pie cerca de la puerta arqueada de un edificio. Sobre la entrada hay un balcón de metal oscuro.
El taller de Someone Somewhere de Naupan se encuentra en un edificio municipal, lo que también ha suscitado críticas de los activistas.
Hay gente sentada ante una mesa con computadoras portátiles. Otros están de pie detrás de ellos, muchos con camisetas de colores.
Artesanas de Naupan inscribiéndose en los programas gratuitos de formación organizados por la Secretaría de Cultura de México el 31 de mayo.

Las dos decenas de mujeres entrevistadas en Naupan descartaron todas las afirmaciones de Valdez. (Aunque sí vi a una mujer llevarse un rollo de papel higiénico al baño).

Dijeron que les pagaban más de 36 pesos (2,06 dólares) la hora, pero nos pidieron que no publicáramos sus salarios detallados porque les preocupaba que eso las convirtiera en blanco de robos o acoso en su comunidad. También dijeron que tardaban unas siete horas en bordar una camiseta, pero que podían trabajar a su propio ritmo y recibían bonificaciones si terminaban antes.

Antonio Nuño, director ejecutivo de Someone Somewhere, también rebatió las acusaciones. Dijo que compartía los temores de las mujeres respecto a revelar sus salarios. Con la condición de que no publicáramos cifras detalladas, me mostró las nóminas de nueve mujeres que indicaban que todas ellas recibían salarios por hora superiores a 36 pesos. La mayoría también recibía bonos por eficiencia, tareas administrativas, capacitación de sus compañeras y por trabajar en días concretos.

La empresa considera legalmente a las artesanas como proveedoras, no como empleadas, lo que la exime de proporcionar ciertas prestaciones. Una de las mujeres líderes de la comunidad dijo que negociaron el contrato para el proyecto de Adidas, pero que no consultaron a un abogado.

Teniendo en cuenta los salarios, las bonificaciones y la posible participación en los beneficios reflejados en otros documentos que compartió Nuño, las mujeres ganarían más que un salario digno si trabajaran 40 horas a la semana, según los estándares calculados para zonas rurales similares en México por el Instituto de Investigación Anker, que estudia los índices de ingresos en todo el mundo.

Valdez no estaba convencida. En una entrevista, restó importancia a los testimonios de las mujeres, argumentó que las artesanas como ellas siempre tienen miedo de criticar a sus empleadores. “Que se sientan bien con un trabajo explotado, va a pasar en todo el país. Pero no deja de ser explotación”, dijo.

Al día siguiente de nuestra partida de Naupan, varias de las mujeres publicaron un video en Instagram en el que decían que les encantaba su trabajo.

Valdez respondió con un nuevo video en el que las acusaba de leer de un guion de Someone Somewhere. “Como diría Simone de Beauvoir”, dijo, al citar a la filósofa francesa, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los oprimidos”.

Un objetivo complicado

Nuño, de 34 años, director de Someone Somewhere, contó que, al crecer en México, él y dos amigos viajaron por primera vez a Naupan cuando tenían 15 años, en un viaje de misiones. El trío pasó allí tres veranos durante la universidad, aprendiendo cómo trabajan los artesanos locales.

Ahora dirigen Someone Somewhere como una B Corp, una certificación especial para empresas con objetivos medioambientales o sociales, que no conlleva beneficios fiscales pero que a menudo se utiliza como ventaja de marketing. Además de obtener ganancias, el objetivo de la empresa es sacar a los artesanos de la pobreza llevando su trabajo al mercado.

Eso no ha resultado sencillo. En Naupan, la ropa tradicional requiere bordados muy intrincados y que demandan mucho tiempo. Un diseño que lleva 15 días se vende localmente por 1500 pesos, o 86 dólares, si es que lo venden, según contaron las mujeres nahuas. Eso es mucho menos que los salarios del proyecto de Adidas.

Una mujer plancha ropa sobre una tabla verde en una habitación con suelo de baldosas de color naranja. Al fondo se ven una máquina de coser y varias bolsas.
Zenaída Ramírez Maldonado, artesana de Naupan, borda tela con una técnica tradicional llamada pepenado, que puede tardar semanas en completarse y tiene un mercado limitado.
Vista cenital de unas manos colocadas sobre un tejido de color crema. El tejido presenta varios diseños de labores de retazo bordados, incluida una sección roja con motivos de árboles y gallos.
La técnica del pepenado requiere una intensa concentración para crear elaborados diseños y escenas con técnicas de costura. Ramírez declinó unirse al proyecto de Adidas porque prefiere el pepenado a la técnica de costura más sencilla utilizada en las camisetas de la Copa del Mundo.

Así que Someone Somewhere llegó a un acuerdo. Para alcanzar a un mercado más amplio, la empresa diseña en gran medida sus propios productos que cree que los clientes desean —como camisetas y sudaderas— y luego contrata a artesanos para que los borden.

Los activistas afirman que esto trata a los artesanos como mano de obra que produce diseños extranjeros, mientras que se siguen comercializando los productos como artículos indígenas para ganar clientes y asociaciones corporativas, entre ellas con IKEA, Lacoste y Delta Air Lines.

Nuño dijo que este enfoque era la mejor manera de crear un trabajo estable para las artesanas.

Tres exempleados de Someone Somewhere, que hablaron bajo condición de anonimato por temor a represalias, dijeron que la empresa rara vez cambia de manera sustancial la vida de los artesanos, en parte porque el trabajo es muy irregular.

Consultamos un documento interno de la empresa que mostraba que, en 2024, la empresa pagaba a 35 artesanos de Naupan una media de unos 2 dólares por hora. En aquel momento, eso era aproximadamente un 15 por ciento más que el salario mínimo efectivo por hora en México. Pero los ingresos promedio de los artesanos fluctuaban enormemente de un mes a otro, entre 35 y 350 dólares, debido a la irregularidad del trabajo, según el documento.

Algunas artesanas también se han quejado del salario. Una mujer, que pidió permanecer en el anonimato para conservar su trabajo, dijo que le pagan entre 6 y 8 dólares por cada camiseta que borda. Afirmó que cada camiseta puede llevarle ocho horas, lo que supone un salario de tan solo 75 centavos de dólar (unos 12 pesos) por hora.

Nuño dijo que a las mujeres se les pagan dos o tres horas por camiseta porque las pruebas demostraron que ese era el tiempo que tardaban la mayoría de ellas.

Valdez dijo que la falta de trabajo de calidad en Naupan no justifica los salarios bajos. El pago de las mujeres debería basarse en su valor para el proyecto, afirmó. Adidas y Someone Somewhere han destacado de manera amplia a las mujeres nahuas en sus materiales publicitarios, pero Nuño dijo que no se les compensaba por ello.

Núñez Bespalova, la funcionaria mexicana que visitó Naupan, coincidió en que las artesanas deberían comprender mejor su valor.

“Pero creo que también hay que respetar la toma de decisiones de todas las comunidades artesanales. No son menores de edad”, añadió. “Hay que dejarse de paternalismos a los que estamos acostumbrados a veces y confiar en que a veces toman la mejor decisión para su grupo”.

Una persona con sombrero de paja y camisa rosa se apoya en una pala en un campo seco. Al fondo se ve una ladera verde con árboles y edificios.
Cristina Ortiz Graviota, dirigente del colectivo de artesanos de Naupan que colabora con Someone Somewhere, dijo que el trabajo le ha ayudado a cambiar de vida. Pero sigue cultivando maíz y frijoles para subsistir.
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