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Justicia

Inicia el camino hacia la debacle tras la dolorosa derrota de COREMEX en Lerma

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Qué rápido se caen los castillos de naipes cuando el viento sopla del lado correcto. Coremex, el sindicato que en las últimas semanas se la pasó más tiempo grabando videos motivacionales y respondiendo haters en redes sociales que pisando talleres y fábricas, acaba de recibir en Lerma una de las derrotas más difíciles de su historia reciente. Y todo, para variar, por culpa de su propia soberbia.

Porque hay que ser sinceros: pocos sindicatos han hecho tanto ruido para terminar haciendo tan poco. Miguel Meneses y sus muchachos de confianza se creyeron el cuento que ellos mismos inventaron. Pensaron que llenando el feed de Facebook con sus fotos con los trabajadores seleccionados a dedo iban a borrar la realidad. Pero la realidad apareció el día de la votación y les recordó que los trabajadores no son bots, ni perfiles falsos, ni gente que aplaude todo lo que les pongan enfrente.

Lo ocurrido en Lerma tiene una explicación bastante sencilla, aunque para la cúpula de Coremex parezca compleja: la gente se cansó. Se cansó de promesas que nunca llegan, de líderes que viajan más que los directivos de las empresas, y de un sindicalismo que parece dedicado más a las fotos que a las luchas reales. Las redes sociales ardieron durante semanas con testimonios anónimos y no tan anónimos que señalaban prácticas oscuras, manejos poco claros y una alarmante tendencia al nepotismo.

Los trabajadores de Lerma, en cambio, demostraron tener memoria y consciencia, y recordaron cada desaire, cada reunión donde no los invitaron, cada decisión que tomaron sin preguntarles y cada vez que fueron a buscarlos y no los encontraban en su oficina. Y cuando llegó el momento de meter la boleta en la urna, no se anduvieron con contemplaciones. Le devolvieron a Coremex el regalo que se merecían: un boleto de vuelta a su más absoluta irrelevancia.

Porque eso es lo que duele, y lo que a Meneses y su pandilla les va a costar digerir. No es solo que perdieron. Es que perdieron feo, en una plaza donde prometieron arrasar, y delante de unos trabajadores que los miraron a los ojos y les dijeron «no, gracias». Eso no se lava con un comunicado de prensa ni con una denuncia a los medios amigos.

La historia pesa, sí. Pero también pesa la soberbia. Y en esta balanza, los trabajadores de Lerma decidieron que ya era hora de que el farsante pagara sus acciones. Así que ya saben, señores de Coremex. Si van a perder, por lo menos tengan la decencia de no hacer tanto escándalo antes. Porque caer ya es feo. Pero caer después de haber cantado victoria es doblemente doloroso y difícil de procesar, recuperar confianza y cuestionarse si realmente son una opción para el trabajador de Lerma. 

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