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«El Bayo» Valenzuela: el monumento a la hipocresía en la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua

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Hay personajes en la política mexicana que convierten la desvergüenza en un estilo de vida y la memoria corta en su mejor aliada. Abelardo «El Bayo» Valenzuela Holguín, hoy despachando impunemente como fiscal Anticorrupción de Chihuahua, es el ejemplo perfecto de esta patología institucional. Que un sujeto con un expediente manchado por la opacidad, el cinismo y la trampa encabece la institución encargada de velar por la honestidad en el estado no es solo un sarcasmo cruel para los ciudadanos: es una bofetada directa a la inteligencia pública.

Para entender la farsa que representa «El Bayo» al frente de la Fiscalía, hay que despolvar los archivos de diciembre de 2007, cuando protagonizó una de las etapas más deplorables y ridículas en la historia del Partido Acción Nacional (PAN) en Ciudad Juárez. En aquel entonces, Valenzuela competía por la dirigencia municipal panista junto a otros cuatro aspirantes. Lo que debió ser una contienda civilizada se transformó en un barrocal insufrible gracias a la ambición desmedida y las triquiñuelas de Valenzuela.

El escándalo estalló cuando, en un intento por aparentar solvencia moral, el partido acordó someter a los candidatos a un examen antidoping. Los otros cuatro aspirantes entregaron sus resultados negativos sin chistar. ¿Y «El Bayo»? En su caso, las pruebas arrojaron la pesada sombra de un positivo. Cuestionado y acorralado por la dirigencia y sus propios compañeros para someterse a una segunda prueba y acallar los rumores, Valenzuela mostró las garras de su verdadera naturaleza: se atrincheró en el cinismo.

En lugar de encarar la verdad como cualquier político con un mínimo de dignidad, «El Bayo» optó por dinamitar el proceso. Desconoció la validez de la prueba que él mismo había firmado, atacó frontalmente la cadena de custodia del laboratorio y denunció supuestas inconsistencias procesales. La estampa era grotesca: un candidato atrapado en su propio juego pregonando conspiraciones para no asumir la responsabilidad de su muestra de laboratorio. Prefirió reventar la elección, provocar la destitución del dirigente local José Sigala Valero, forzar la cancelación de los comicios programados para el 2 de diciembre e imponer una junta provisional antes que dar la cara y entregar una muestra limpia.

Ese es el verdadero Abelardo Valenzuela: un conspirador dispuesto a quemar la casa con tal de que no descubran qué guarda en los cajones.

Por eso resulta vomitivo que, dos décadas después, este mismo personaje vista la toga de implacable perseguidor de la corrupción en Chihuahua. ¿Con qué cara pretende «El Bayo» investigar la fabricación de pruebas, el encubrimiento o la violación de procesos si él mismo cimentó su carrera descalificando peritajes para salvar el pellejo? ¿Con qué autoridad moral un hombre que no pudo validar su propia sangre exige cuentas claras sobre el manejo de miles de millones de pesos públicos?

Colocar a «El Bayo» Valenzuela en la Fiscalía Anticorrupción equivale a poner al lobo a cuidar el rebaño. No es un fiscal independiente ni un defensor de la legalidad; es un operador sin escrúpulos arropado por la impunidad del poder en turno. Chihuahua no tiene una Fiscalía Anticorrupción seria; tiene un circo cuyo titular es el recordatorio viviente de que, en la política local, la falta de vergüenza se premia con nombramientos de alto nivel. Mientras «El Bayo» siga despachando en esa oficina, cualquier discurso de honestidad del gobierno estatal no será más que una pésima comedia.

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